viernes, 11 de noviembre de 2022

 

"COMPOSTURA DEL POSTUREO", por Alí Kate:
 LA COLA DEL AUTOBÚS
 
Es en apariencia un acto sencillo, cotidiano para muchos, esporádico para otros y una vez en la vida para algunos, como es hacer cola en la parada del autobús. Por lo general se llega y se sitúa uno siguiendo un orden de subida cuando llega el autobús proporcional al orden de llegada a la parada. En horas punta de afluencia de usuarios, mal tiempo que obliga a guarecerse de la lluvia o combinación de ambas circunstancias es cuando surge la necesidad de una compostura de postureo a fin de defender nuestros derechos de miembros de la cola en la parada.
Suele ocurrir que se da afluencia de usuarios y por instinto observamos al personal y somos capaces de distinguir un orden, pero siempre surge esa usuaria con cara inocente sentada en el asiento de la parada que no se puede discernir si sube antes o no. Técnicamente llegó antes que nosotros pero tampoco está en la cola y siendo responsabilidad de quien vaya antes y después de ella los obligados a cederle paso antes. Puede ocurrir que la señora sea una petarda y se ponga a discutir siendo la mejor compostura hacerse los suecos y subir lo más rápido posible huyendo de semejante histérica.
Cuando hay mal tiempo surge otra compostura del postureo porque solemos apretujarnos en el estrecho espacio de la marquesina de la parada, con esa mirada insolente de quienes están sentados y las de los cobijados que parecen sonreír para sus adentros mientras nos caen inoportunas gotas en el cogote. Lo mejor es ir armado de paraguas, capucha o aguantar a pie de lluvia, que más vale mojarse que pasar el bochorno de parecer tonto con medio cráneo en la marquesina y el otro medio a merced de la inclemencia climática.
Finalizar con la espinosa compostura del postureo ante la presencia de la inevitable persona algo enajenada pero bajo parámetros aceptables para el sistema siempre que se tome la medicación. De primeras surge la empatía y se soportan turras del tipo de que empieza una cháchara sin venir a cuento y dudamos entre contestar, prestar atención o mirar para otro lado. Si tenemos la fortuna de que alguien llegó antes y es víctima de la turra, la compostura es mirar para otro lado y no mostrar interés por la turra contando los segundos para que llegue el autobús. Se da el frecuente caso de que llegamos a la parada con una amable señora que tuvo la ocurrencia de seguir la corriente a la persona algo enajenada y trata de que le echemos un cable introduciéndonos en la conversación. Hacerse el sordo acompañado de movimientos rápidos de manos y dedos como si fuera lenguaje de signos, sacar el móvil como si nos llamaran con el timbre en modo vibración, o sencillamente salir pitando en busca de otra parada, suelen ser las mejores composturas a la hora de afrontar el trance. Si se sigue la corriente a la persona algo enajenada es casi seguro que la turra seguirá en el autobús, una buena forma de compostura es aparentar que se está más enajenado aún y simular que se habla con la farola, papelera o semáforo a mano, nada de decir que nos controlan por satélite o similares porque la persona algo enajenada puede deducir que se haya ante un cofrade y la cosa se puede desmadrar.
En resumidas cuentas, la compostura del postureo en la cola del autobús requiere de agilidad mental para detectar quienes llegaron antes o después, perspicacia para evitar jetas que pretenden colarse saltando el orden de llegada a la parada y algo de diplomacia vaticana para sortear turras, enajenaciones mentales controladas y las absurdas conversaciones de circunstancias con desconocidos donde la compostura del postureo en el ascensor, como ya vimos en fechas atrás, puede perfectamente adaptarse a la cola del autobús en casos más bien excepcionales.
Alí Kate
 

jueves, 27 de octubre de 2022

 

"COMPOSTURA DEL POSTUREO", por Alí Kate:

  VIAJE EN EL BUS MUNICIPAL

 

Otro acto de compostura del postureo que hacemos al menos una vez en la vida es el postureo a la hora de compartir asiento en el autobús municipal. Se podría escribir todo un libro pero hoy me ceñiré al espinoso tema de sentarnos con alguien cuyas lorzas hacen que ocupe volumen que pertenece a nuestro asiento. Si nos toca un gordo al que sobresalen las lorzas, suele hacerse el sueco y ni se inmuta pese a sentir que sus lorzas nos están importunando y robando espacio vital. Se suele auto consolarse pensando en que el voluminoso vecino de asiento se bajará en una parada y sin embargo la experiencia nos enseña que suelen ser usuarios de trayecto largo. Si es mujer el problema no suelen ser tanto las lorzas sino que por alguna extraña razón siempre su chaqueta, abrigo u similar nos queda pillado por el culo al sentarnos, puede ocurrir lo contrario y que ocupando el asiento de ventanilla la usuaria se siente atrapando nuestra prenda al sentarse. Mucho cuidado de que la usuaria se mueva inesperadamente para cambiar de posición o levantarse y que se rompa la prenda lo que daría lugar a una compostura del postureo de poner cara de haba o hacerse el sueco.
Con las nuevas tecnologías y la afición de la masa usuaria a estar alienada con los móviles, se puede dar la compostura del postureo al pensar el usuario del asiento delantero que le estamos fisgando lo que piticlinea. Resulta difícil una compostura del postureo si, antes de que piense mal el usuario del asiento delantero, se trata de desviar la mirada, girar la cabeza o ambas porque como todo el mundo está con el móvil da la sensación de que giramos la vista o la cabeza para fisgar. Lo mejor es compostura de postureo de camuflaje y simular que piticlineamos con nuestro móvil.
Otra situación es el de las bufas, ventosidades o flatulencias. Resulta inevitable que en un bus atestado de usuarios alguien se tire un pedo, no suele ser sonoro y sí altamente aromático. Si somos acompañante del propietario de la ventosidad la mejor compostura del postureo es observar de reojo haciendo la estatua hasta que otro usuario u usuaria se percate del fétido aroma y hacer que también olemos algo. Esta compostura del postureo es básica porque quien se tira el pedo no dudará en echarnos la culpa si se ve en la tesitura de ser descubierto. Es verdad que las mascarillas pueden evitar un efecto fétido inmediato en nuestra pituitaria pero si es de alta densidad aromática se propagará por el bus y es mejor simular que algo huele raro mirando al pasaje a que nos tomen por el propietario de tan poca agradable fragancia. Como norma general lo mejor es coger en horas de asientos libres e ir conociendo a la masa usuaria ya que la fija no suele dar problemas, son los pasajeros ocasionales quienes nos pueden obligar a una compostura del postureo por lorzas, ventosidades o pisadas de ropa.
No quiero dejar en el tintero el tema de los asientos reservados a tercera edad, impedidos, escayolados o el que sube en la silla de ruedas motorizada y se pone a maniobrar obligando al pasaje que va de pie a moverse sin apenas sitio. Citar los carritos de bebé que también obligan a un reajuste de espacio. Tener compostura del postureo en estos casos particulares no es buena táctica ya que por ley tienen derecho a joder al resto para ocupar sus plazas reservadas. Vendarse un pie, un brazo, simular cojera y embarazo sin olvidar un buen vendaje craneal, nos permitirán ocupar estos espacios reservados sin que nos miren con reproche o nos monten una barrila por jetas.
Alí Kate
 

sábado, 15 de octubre de 2022

 

“COMPOSTURA DEL POSTUREO”, por Alí Kate:

EL CHUCHO QUE SE ARRIMA A NUESTRA SILLA

 

El postureo cuando acudimos a un establecimiento de hostelería tipo cafetería, bar del barrio y similares daría para escribir todo un capítulo aparte que en realidad sería todo un tratado. Lo mejor es estudiar cada compostura del postureo en artículos varios. Hoy quiero empezar con algo que a todos y todas nos sucede unas cuantas veces en nuestra vida como es el tema del inevitable chucho que se arrima a nuestra silla. Puede parecer, y siempre nos lo tomamos con filosofía, algo inocente, sin consecuencias. Todo lo contrario puesto que uno de estos molestos chuchos nos puede fastidiar el consumo en el establecimiento.
Lo primero es saber distinguir el chucho de la casa del chucho de la clientela. El chucho de la casa es un animal que ya se las sabe todas, agradecido si les das algo pese a la prohibición de la jefatura del local de darle comida. Suele ser un chucho paciente, que se arrima casi sin molestar, que se sienta mirando con cara de cordero degollado esperando una recompensa. Suelen ser sibaritas y puede ser un buen método para saber si los pinchos que acompañan a la consumición son comestibles porque si el chucho de la casa no gusta de los pinchos que prepara su dueño es señal inequívoca de ingredientes caducados o directamente incomibles. El chucho de la casa no molesta al cliente, es agradecido si le damos algo y nos ignora moviendo el rabo si no damos nada, pero se aleja educadamente y ya nos ficha para otras ocasiones.
La complicación viene cuando el chucho es de la clientela. Si le damos algo podemos desencadenar la ira del dueño y si no damos nada se puede desencadenar la ira del chucho, mascota mimada y malcriada que no duda en sacar los belfos si se le niega el pincho. Saciado su afán de comernos el pincho, calmado el dueño de la criatura y tratando de disfrutar ajenos al chucho, llega ese comprometido momento en que el chucho, con el dueño a sus cosas y dejando semejante fiera a su canino albedrío, se pone a olisquearnos los zapatos, calcetines y pantalones. Aquí la compostura instintiva nos hace adoptar un postureo de circunstancias. Si el chucho huele a calcetín reseco, zapatos sucios, trazas de aroma a orines o simplemente lo hace por tocar las narices, hay que mantener la compostura del postureo del disimulo. Se trata de dar un buen puntapié el chucho sin que se entere el dueño, tirarle un pincho a lo lejos a ver si se va tras él o directamente pedir al dueño que aleje su chucho, con el consiguiente enfrentamiento verbal con el dueño que en ocasiones puede ser más animal que su chucho.
Como norma general lo mejor es ir provisto de algún artilugio que suelte pequeñas descargas eléctricas para alejar al chucho, puede servir una raqueta matamoscas de la tienda de los chinos del barrio, construir un pequeño artilugio casero con una pila de petaca o directamente salir de casa con los zapatos untados de pimienta picante. Por supuesto que llevar el elemento disuasorio en los zapatos es apropiado si somos parroquianos del establecimiento y ya conocemos el percal. Para casos de desconocimiento del establecimiento es mejor la patada con postureo de disimulo.
Hay que ver al chucho siempre como un elemento desestabilizador que en el mejor de los casos puede acabar con el perro y el dueño ladrándonos a la oreja y en el peor en una trifulca tabernaria entre partidarios de las mascotas y partidarios de no dejarlas entrar en sitios públicos. Zapatos limpios, calcetines frescos y soltar la gota final en el mingitorio son las mejores medidas para sortear la presencia del chucho.
Y recordar que, en ocasiones, el chucho es más racional y civilizado que su dueño y de ahí la conveniencia de tener compostura del postureo a la hora de gestionar la situación más allá de reaccionar por instinto de empatía acariciando el chucho, diciendo cucamonas y hablarle como si nos entendiera. Sólo quiere comer pincho.
Alí Kate

 

jueves, 29 de septiembre de 2022

 

“COMPOSTURA DEL POSTUREO” por Alí Kate:

 EL ASCENSOR

 

Me encarga The Adversiter Chronicle una serie de artículos sobre el postureo, omnipresente en nuestras vidas aunque lo ignoremos y ni siquiera nos demos cuenta. La pretensión, sencilla pero a la vez con sus pequeñas complicaciones, de los artículos sobre el postureo es aprender a mantener la compostura durante el mismo. Escojo por ello y como primer artículo un postureo que conocemos de sobra, al menos las clases urbanitas, como es el postureo en el ascensor.
El postureo del ascensor depende en casi su totalidad en el tamaño y capacidad de carga del ascensor de turno. Voy a despreciar estos nuevos ascensores de tamaño ridículo donde si metes la bolsa de la compra ya no se cabe en el mismo el portador de dicha bolsa. Proliferan en edificios ya algo viejos donde es imposible poner un ascensor de tamaño normal y aunque tienen sus usuarios es imposible que entren dos personas por lo cual descartamos esta categoría de ascensores.
Vamos pues al ascensor de cuatro plazas donde en realidad sólo entran de forma cómoda dos usuarios. Es habitual que el ascensor pare y ya esté alguien en el mismo y viceversa. En ambos casos la compostura del postureo exige que no se mire de reojo con esa incómoda incomodidad de estar ante alguien a quien no se conoce, ni se tiene confianza y ni siquiera se sabe si es vecino. Ante extraños lo mejor es hacerse el despistado mirando al techo del ascensor, sacar el móvil aunque no haya cobertura en el ascensor y finalmente sacar el socorrido tema del tiempo, tan socorrido y manido pero habitual entre vecinos del mismo edificio cuando coinciden en el ascensor. No conviene sacar temas trascendentes como la política, la religión y temas comunales que siempre acaban de boca en boca. Por supuesto no es lo mismo una pareja de desconocidos que dos desconocidos del mismo sexo y género. El macho alfa tiende a mirar de refilón, sobre todo si hay espejos, las cualidades anatómicas de la usuaria sin percatarse de que ella se da cuenta. La compostura del postureo en el ascensor exige de un ritual, de una liturgia donde se desvía la mirada y el macho alfa se hace el desinteresado, lo cual capta la usuaria y se ríe por lo bajinis. El tema del tiempo, un comentario sobre la actualidad o simplemente una mirada cómplice en silencio es la compostura adecuada para ese tipo de postureo de circunstancias.
Queda el tema de más de dos usuarios en el ascensor, que siempre produce algo de ansiedad entre encontrar sitio entre lorzas, aguantar tufos y pestazos de colonias, fragancia de afeitado entre trazas aromáticas de sudor rancio, tabaco y hasta de bolsa de basura por no hablar de restos de ventosidades. Si se sube en compañía el postureo adecuado es seguir la conversación en tono bajo para no molestar al resto de usuarios y si no ir directamente a poner cara de haba. En ascensores con espejos no hay que dejarse llevar por los reflejos y si se quiere admirar la compañía permite con cierta pericia hacerlo impunemente.
Y citar las mascotas. Nada de caricias o carantoñas porque el ascensor es para las mascotas como una caja enorme y desconocida en territorio y memoria olfativa, pueden morder, arañar y hasta defecar si se ponen nerviosos. Muchas personas se encuentran con la mascota paseando al dueño al abrirse las puertas del ascensor y siempre se responde afirmativamente a que no molesta la presencia de la mascota, salvo alérgicos. Si es un cánido, conviene ir con calcetines limpios porque comenzará un olisqueo que puede llevar a la mascota perruna a mearse en nuestros zapatos. Si el pelaje se ve algo sarnoso es mejor mantener una distancia prudencial porque a veces es peor el dueño que la mascota. Si el ejemplar es algo entrado en años siempre es un buen recurso entablar un diálogo sobre qué edad tiene, esto conlleva el peligro de una solemne turra en forma de monólogo didáctico sobre la mascota, su edad, su estado físico y que puede seguir incluso fuera del ascensor hasta el portal e incluso en la calle, dada la natural propensión del dueño de la mascota a charlar con vecinos ya que nadie suele escucharle en casa.
Finalizo este primer postureo citando el espinoso tema de las mascarillas, fenómeno de postureo inédito y que merece artículo aparte puesto que es algo ocasional provocado por las circunstancias y que sin embargo en sólo dos años ha creado toda una cultura y contracultura de la compostura del postureo en el ascensor, un lugar donde salvo infancia y coloquetas el resto de los mortales somos partícipes del postureo y donde la compostura nos puede librar de esa angustia de compartir ascensor con desconocidos y vecinos.
Alí Kate